7 de abril de 2011

Banjo

Suena la alarma del despertador, pero no hay nadie a quien despertar en esta habitación. Cristina está sentada sobre la alfombra, abrazada a sus rodillas. Una copa con restos de vino a su lado y una botella vacía delatan su insomnio. Apoya su frente en las rodillas, buscando su propio consuelo. Locura. Horas robadas a la rutina. Cruje el suelo al taconeo de Gloria. Silencio antes su puerta. Una sombra familiar se abre paso entre el desorden. Un abrazo, calor en su espalda. Se le escapa una sonrisa, de resignación.

-Tina…
-Era mágico, aquello. Bajábamos al centro, paseábamos, sin rumbo, divagando, riéndonos de la mayor tontería que te puedas imaginar. Y ahora, ¿qué decir?

Con un movimiento de mano, la botella cae al suelo y rueda hasta llegar al montón de ropa sucia. Bajo ella, una carta.

En el remite del sobre, su nombre. Dentro, en el folio, con tinta azul sólo está escrita una sola palabra: “Banjo”.

-A pesar de todo, podemos intentarlo, ¿no crees?
-Es más difícil. Estaremos lejos y ya se sabe lo que se dice de la distancia.
-Ya, pero, ¿qué podemos perder?
-Tiempo. Imagínate que conoces a alguien y queréis empezar algo. ¿No es cruel dejarlo entonces?
-Si razón tienes pero…
-¿Qué?
-Podemos crear un sistema. Dejamos esto en suspenso, ni continuamos ni lo dejamos. Si continuamos, bien, cuando regreses volveremos al mismo punto, justo a este momento. Si lo dejamos, cualquiera de nosotros dos, entonces sólo diremos “Banjo”.
-¿Y entonces todo habrá terminado?
-Sin vuelta atrás, es una palabra irreversible.