14 de febrero de 2010

Entre palabras

Se sentó en una de las mesas del fondo, entre el cartel de Casablanca y Gilda. Dejó su bolso sobre una silla, junto con su abrigo, su bufanda y sus guantes. El gorro de lana verde lo dejó sobre la mesa. No se paró a mirar el folleto de cafés, tés y chocolates. Sabía lo que iba a pedir. El camarero se acercó y ella pidió. Lo de siempre, para no mudar en su costumbre. Sacó de su bolso un libro y lo abrió por donde el marcapáginas desgastado.

Sirle sigue buscando entre las líneas de cualquier libro aquella salida de la realidad. Había comenzado su búsqueda en los cuentos de hadas, entre cenicientas y bellas durmientes, pero no había encontrado la puerta y ahora seguía sin hacerlo. Hermosas palabras siguen siendo palabras. Sirle pasea su dedo índice por las líneas buscando la última leída. Apenas hace quince minutos que compró el libro en una pequeña librería del centro. Le bastó leer el primer párrafo para quedarse con él:
“El cielo era una inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas. El viento tibio y pegajoso barría algunas hojas sueltas y sacudía con violencia los bananos raquíticos que adornaban el frontis de la alcaldía.”

Para Sirle, las horas que pasa leyendo son horas en las que se aleja de todo sufrimiento propio al convertirse en la protagonista de una historia ajena, con nuevos personajes, otras tramas que la empujaban hacia dentro del libro. Bien puede vivir una investigación de un asesino en serie, la vida de una Scarlett O'Hara moderna o un hermoso romance con tintes eróticos. No importa cuál es el guión, ella se traslada a una nueva dimensión bañada en palabras que construyen historias atrayentes.

Son sus horas favoritas del día, aquellas destinadas a su lectura. No le llegan las estanterías de su casa para guardar todos los libros que compra. De mayor o menor calidad, los libros se han vuelto su refugio. Y es indestructible. La imaginación viaja con cada capítulo leído a reconstruir la escena del siguiente, invitando a pasar a los personajes de turno, con sus diálogos premeditados y sus reacciones estudiadas. A veces, hasta le encanta verse vestida de época, con esos hermosos vestidos, o metida en un esmoquin y barbuda. Otras, simplemente viste lo mínimo y con harapos y sufre los achaques propios de la edad.

Pero el frío de la realidad acababa entrando cuando la puerta se abre. Y entonces todo vuelve a ser como siempre. Sirle y un libro terminado.
“Antonio José Bolívar Proaño se quitó la dentadura postiza, la guardó envuelta en el pañuelo y, sin dejar de ladecir al gringo inaugurador de la tragedia, al alcalde, a los buscadores de oro, a todos los que emputecían la virginidad de amazonía, cortó de un machetazo una gruesa rama, y apoyado en ella se echó a andar en pos de El Idilio, de su choza, y de sus novelas que hablaban del amor con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana”.




Fragmentos de: SEPULVEDA, Luis. Un viejo que leía novelas de amor. Barcelona: Tusquets, 1994.