Abrázame y no me digas nada, sólo abrázame.
Me basta tu mirada para comprender que tú te irás
Cristina cogió un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Necesitaba relajarse, volver a la realidad. Miró a su alrededor, una habitación desconocida, apenas amueblada con una cama, un escritorio y una estantería.
-No sé cómo despedirme de ti.
Aquellas palabras fueron el final de una historia que ni siquiera tuvo oportunidad de escribirse. Se quedó en la mente del autor, guardada entre otras tantas, perdida. Se había despedido de su pasado. Era tiempo de comenzar de nuevo, aprender a sonreír de nuevo aunque aún sintiese frío en las noches.
-Lo había esperado, no sé por qué. Sabía que pronto te irías y apenas empiezo a conocerte.
Sólo había logrado sonreírle. Un cálido abrazo, como nunca antes había recibido, calmó su angustia. Cerró los ojos, apoyando su cabeza sobre el hombro de él. Susurraba “Cristina, Cristina” a su oído, como si temiese olvidar su nombre. Sonaba tan lindo dicho por él.
Ahora estaba allí, sola, de nuevo. Envuelta en recuerdos indiscretos. Se abrazó a si misma, imitando aquel momento, pero no era lo mismo. El tacto de su piel, el cosquilleo, el tembleque de sus piernas, la protección que experimentó. Todo faltaba en aquella simulación. Sólo había frío.
Sonido del teléfono.
Su nombre en la pantalla.
Abrázame como si fuera ahora la primera vez,
como si me quisieras hoy igual que ayer, abrázame.