Azucena no es lo que parece. De noche no es la misma persona que de día. Se oculta en las sombras para dejar en libertad su otra yo, una Azucena más atrevida, más extrovertida, más loca. Una Azucena que ahoga en el alcohol sus fracasos diurnos. Olvida su soledad, su estancamiento profesional en un trabajo que no le gusta, su distanciamiento de la familia, el desprecio de quienes la conocen. Azucena de noche no es Azucena de día. Sus Yo se debaten en el amanecer porque no quieren abandonar el cuerpo de ella, no quieren ceder el terreno ganado. Pero la luz dispone qué Azucena debe ocupar el lugar.
Azucena de noche ama porque sabe cómo hacerlo, seduce como Azucena de día no sabe porque nunca lo ha intentado. Se deja guiar por la corriente, por el flujo lunar, quien despierta el lado atrevido de Azucena de noche con la complicidad del alcohol. Azucena de día no quiere rendirse, quiere imponer su Yo.
Pero ambas Azucena olvidan que existe una tercera, una que que calla y escucha y ve lo que pasa. Nunca se impone, no lucha por ello, deja que las Azucena de Noche y de Día luchen entre ellas. Ella no pertenece al cuerpo, sino a la mente. Ella es la Azucena de los sueños, vive en el aire porque es ahí donde los sueños no pueden ser ni robados, ni pisoteados, ni olvidados. Ella protege los sueños, ella es la verdadera Azucena. Ella no espera ocupar su lugar porque simplemente no quiere, sólo deja el tiempo pasar y alimenta la esperanza de ser ella Azucena y no otra.