Señor M se acercó a la mesa con dos cervezas y se sentó enfrente de ella. La seguía matando su sonrisa, sus gestos de niño mimado rebelde. ¿Cómo podía seguir gustándole después de tanto tiempo?
-¿No bebes?
-Sí, perdona, estaba con la cabeza en otro lado.
-Entonces, cuéntame, ¿quién es ése tal Uriel?
-Un amigo.
-Y, ¿por un amigo escribes "Esta noche me he enamorado" en la puerta de mi casa?
-No estaba de ánimos como para pensar razonablemente. Y, ¿cómo supiste que era yo quien lo había escrito?
-Porque sólo tú adoras la figura de Lilith. Al menos que yo conozca.
Greta dio un sorbo a su cerveza mientras miraba por el rabillo del ojo a Señor M. Sí, seguía siendo bello a sus ojos, atrayente, peligroso incluso, pero no por dañar su integridad física, sino porque sabía perfectamente que ella resultaría dañada en este enamoramiento. Él no era para ella, o ella no era para él. No tenía sentido descubrir ahora cuál de las dos afirmaciones era la correcta y más fiel a la realidad. Prefería no saberlo.
-¿Dónde estabas ayer?
-Con Nekane, ya sabes.
"Ya sabes", su clave para decir mucho sin decir nada. "Nada", para decir todo. Avistado hombre de claves en compañía de mujer con descodificador en el Matahari tomándose unas cervezas con sabor amargo.
Greta comienza a analizar la situación. No debería hacerlo, siempre sale ella perdiendo, fuera de la jugada antes de tiempo.
-Entiendo.
Si eso era lo único que logró decir, fue mejor que lo que estaba pensando. Celos. Envidia. Greta era una chica posesiva mientras el chico que le gustase no estuviese a su lado. Habría bastado una invitación a estar con él por parte de Señor M y habrían acabado los reclamos sutiles. Ella necesitaba saber que pasase lo que pasase, Señor M estaría a su lado, mientras tanto ella debía atraerlo a su terreno, arrastrarlo si fuera necesario.
-Tengo que irme -Señor M se levantó, pero Greta quedó mirando a su cerveza.
-Como siempre.
-Greta... -turno de él para reclamar.
-No importa lo que haga, no importa lo que pase, tú siempre te vas a ir, ¿no?
Se fue sin responder, tal vez porque no oyó los susurros de una Greta herida por su ausencia antes de que se fuese del local. De nuevo parecía haberse llenado el Matahari de gente que hacía unos segundos no estaba; en cambio, la mesa estaba vacía. Al igual que ella. Completamente vacía.