Un olor familiar anuncia la cercanía del hogar. Por el lado izquierdo del horizonte que se presenta a través del parabrisas de su coche va apareciendo el mar. El sol se refleja en el agua. Haciéndole recordar cuánto extrañaba su casa, la tranquilidad del paisaje. El tiempo parece detenerse a medida que se acerca al grupo de casas. Había vivido aquí parte de su infancia. Entre casas blancas, secaderos y barcos apostados en la orilla. Había sido una niña feliz jugando en la playa mientras su madre recogía mariscos o arreglaba las redes y su padre salía a la mar. Despreocupada, alejada del mundo real por esa inocencia genuina, Sasha crecía mojándose los pies en la orilla de la playa antes de volver a casa después de la escuela. Disfrutaba con las fiestas, con las reuniones familiares, con los juegos en el patio con el resto de los niños del pueblo.
Sasha relaja su respiración al entrar en el pueblo. Va por las pequeñas calles hasta llegar a la casa familiar. Aparca el coche y sale de él con una maleta. Entra en la casa, no sin esfuerzo, pues la puerta está algo atascada. Hace años que nadie pisa esta casa y, sin embargo, todo sigue en su lugar. El polvo se ha hecho dueño del lugar. Sasha comienza a levantar las persianas, correr las cortinas y abrir las ventanas, dejando que la luz del sol ilumine el interior de cada una de las estancias. Destapa todos los muebles y comienza a adecentar la casa. Por cada habitación limpiada siente que su paz es mayor. No hay lugar para preocupaciones ni obsesiones. Aquí no hay nada que le recuerden los últimos acontecimientos. Nada que se entrometa en su cruce de pensamientos. Todo adquiere sentido para ella entre estas paredes.
Correr. Correr. Más deprisa. Más rápido. Con más agilidad. Cuanto más corra más posibilidades de coger vuelo tiene. Quiere volar como las gaviotas, saber qué hay más allá del horizonte. Su padre le dice siempre que más allá hay otro horizonte y otro y después, después está América. Y ahí se acaba el mundo. Pero ella no está de acuerdo, por eso corre, para aprender a volar y demostrarle a su padre que hay algo más. No importa cuánto ha de correr, no importa la distancia, sólo quiere descubrir que hay detrás de una frontera tan larga. El horizonte desde esta playa se ve muy grande, infranqueable, pero su padre lo cruza cada semana. Los sábados son el único día que su padre está en el pueblo. El domingo muy de madrugada regresa al Roque hasta la semana siguiente. Apenas unas horas en las que trata de disfrutar de un buen colchón, del calor de su mujer y del cariño de su hija.
Sasha no puede decir que conoce a su padre, pero tampoco que conoce a su madre. Mujer callada, mariscadora, sólo habla si debe llamar la atención a la niña. A ella no le importa, ha aprendido a vivir dependiendo de ella misma. Juega con los niños del pueblo, va al colegio y cumple todos sus quehaceres. Ha sido bien enseñada por su abuela y no necesita de demasiada atención. Siempre ha destacado por su madurez insólita para una niña tan joven. Las mujeres no dejan de alabarla ante su madre, que responde con un movimiento de cabeza. Siempre dicen que será fácil casarla, que pronto encontrará un hombre de provecho y formarán una familia. Sasha escucha siempre con atención, tratando de descubrir el mundo de los adultos a través de sus palabras.
Mientras corre a gran velocidad, tanto como sus pequeñas piernas se lo permiten, Sasha piensa en lo que dicen las mujeres. Ellas lo pintan fácil, pero para la niña no es una tarea posible encontrar un buen hombre, sobre todo si piensa en los niños del pueblo. Sólo la idea de que algún día tendrá que casarse con alguno de ellos le provoca una angustia que le revuelve el estómago. Pero entonces llega a la conclusión que bien puede ser de otro lugar, lejos, donde la gente corre muy, muy deprisa. Donde el tiempo nunca pare, nunca deje pensar más allá de lo necesario, donde apenas haya lugar para el lento transcurrir de las cosas.
Para Sasha, las manecillas del reloj giran despacio, por eso no consigue llegar a la velocidad adecuada para despegar y volar. Tal vez, más pronto que tarde, algún día conseguirá traspasar el primer horizonte, después aquel y después el de más allá y verá algo más que su pueblo. Y quizás también conocerá a ese buen hombre. Quizás. Claro que antes deberá practicar mucho, correr todo el largo de la playa día tras día, cada vez más deprisa, cada vez más rápido, con mucha más agilidad.
Sasha relaja su respiración al entrar en el pueblo. Va por las pequeñas calles hasta llegar a la casa familiar. Aparca el coche y sale de él con una maleta. Entra en la casa, no sin esfuerzo, pues la puerta está algo atascada. Hace años que nadie pisa esta casa y, sin embargo, todo sigue en su lugar. El polvo se ha hecho dueño del lugar. Sasha comienza a levantar las persianas, correr las cortinas y abrir las ventanas, dejando que la luz del sol ilumine el interior de cada una de las estancias. Destapa todos los muebles y comienza a adecentar la casa. Por cada habitación limpiada siente que su paz es mayor. No hay lugar para preocupaciones ni obsesiones. Aquí no hay nada que le recuerden los últimos acontecimientos. Nada que se entrometa en su cruce de pensamientos. Todo adquiere sentido para ella entre estas paredes.
Correr. Correr. Más deprisa. Más rápido. Con más agilidad. Cuanto más corra más posibilidades de coger vuelo tiene. Quiere volar como las gaviotas, saber qué hay más allá del horizonte. Su padre le dice siempre que más allá hay otro horizonte y otro y después, después está América. Y ahí se acaba el mundo. Pero ella no está de acuerdo, por eso corre, para aprender a volar y demostrarle a su padre que hay algo más. No importa cuánto ha de correr, no importa la distancia, sólo quiere descubrir que hay detrás de una frontera tan larga. El horizonte desde esta playa se ve muy grande, infranqueable, pero su padre lo cruza cada semana. Los sábados son el único día que su padre está en el pueblo. El domingo muy de madrugada regresa al Roque hasta la semana siguiente. Apenas unas horas en las que trata de disfrutar de un buen colchón, del calor de su mujer y del cariño de su hija.
Sasha no puede decir que conoce a su padre, pero tampoco que conoce a su madre. Mujer callada, mariscadora, sólo habla si debe llamar la atención a la niña. A ella no le importa, ha aprendido a vivir dependiendo de ella misma. Juega con los niños del pueblo, va al colegio y cumple todos sus quehaceres. Ha sido bien enseñada por su abuela y no necesita de demasiada atención. Siempre ha destacado por su madurez insólita para una niña tan joven. Las mujeres no dejan de alabarla ante su madre, que responde con un movimiento de cabeza. Siempre dicen que será fácil casarla, que pronto encontrará un hombre de provecho y formarán una familia. Sasha escucha siempre con atención, tratando de descubrir el mundo de los adultos a través de sus palabras.
Mientras corre a gran velocidad, tanto como sus pequeñas piernas se lo permiten, Sasha piensa en lo que dicen las mujeres. Ellas lo pintan fácil, pero para la niña no es una tarea posible encontrar un buen hombre, sobre todo si piensa en los niños del pueblo. Sólo la idea de que algún día tendrá que casarse con alguno de ellos le provoca una angustia que le revuelve el estómago. Pero entonces llega a la conclusión que bien puede ser de otro lugar, lejos, donde la gente corre muy, muy deprisa. Donde el tiempo nunca pare, nunca deje pensar más allá de lo necesario, donde apenas haya lugar para el lento transcurrir de las cosas.
Para Sasha, las manecillas del reloj giran despacio, por eso no consigue llegar a la velocidad adecuada para despegar y volar. Tal vez, más pronto que tarde, algún día conseguirá traspasar el primer horizonte, después aquel y después el de más allá y verá algo más que su pueblo. Y quizás también conocerá a ese buen hombre. Quizás. Claro que antes deberá practicar mucho, correr todo el largo de la playa día tras día, cada vez más deprisa, cada vez más rápido, con mucha más agilidad.