29 de enero de 2010

La malquerida

El mar acaricia sus pies, que se van enterrando en la arena por el vaivén de las olas. Se ha levantado una brisa fresca que le pone la piel de gallina. Por detrás, alguien le viste sobre los hombros una americana y le aparta cuidadosamente el pelo. Sasha sonríe.

Hoy se siente tranquila, en paz con ella misma. Ha pasado estos últimos meses sola, sin contactar con nadie, buscando el concepto de felicidad que se había diluido con los años. Se deshizo de todo en favor de disfrutar con todos sus sentidos su vuelta al pasado, recuperando las respuestas a preguntas que no sabía formular. Nada puede atormentarla ahora.

Su acompañante pone su manos sobre su hombro y comienzan a andar por la orilla de vuelta a casa. Ella le observa de reojo. Se sorprende por el hecho de que él hubiera respondido a su llamada. Pero aqui está, y no puede negar que le ha echado de menos. Hoy ha roto su condición de no hablar con nadie de la ciudad hasta su retorno y a favor de él, porque necesitaba verle, hablarle, contarle todo lo que había pensado, cuáles son sus nuevos planes. Absolutamente todo. Hoy vuelve a tomar las riendas de su vida.

-Me encanta verte sonreír.

Sasha se ríe divertida.

-No seas fanfarrón, anda.

Se paran ante el todoterreno negro que hay aparcado en la entrada de la casa. Él abre la puerta del conductor y la mira.

-Por favor, no me mires así.
-Lo siento, Sasha, no puedo evitarlo. Es simplemente que no logro asimilarlo todo.

Sasha resopla. Ella está satisfecha, se siente plena ante el rumbo que está tomando las cosas. No le importa sacrificar su forma de vivir hasta ahora con tal de tener a su lado lo único que ha logrado ablandar su corazón y que le hizo cuestionarse tanto. Él se despide con un beso en la mejilla y antes de meterse en el coche dice:

- Por cierto, anoche cené con el Catalán.

A Sasha le brillan los ojos cuando escucha nombrar al Catalán. Espera en silencio a que Fernando continúe hablando.

- Está viviendo en Tokio, no sé si te lo dije. Vino anteayer para un congreso en Valencia.
-¿Tokio?
-Sí, ya sabes que tenía proyectos allí. Ya había estado viviendo allí una temporada por culpa de nuestro proyecto con los japoneses y, en teoría, no iba a volver, pero se presentó en mi despacho con su dimisión diciendo que había firmado en exclusiva con ellos. No le culpo, le hicieron una gran oferta. En su lugar yo también habría aceptado.

Sasha respiró profundo y mantuvo la sonrisa y la compostura. Se despidieron volviendo al punto de partida, dejando atrás todo lo que les había unido. Ahora volvía ella a ser Sasha y él Fernando, por separado. El coche se alejó dejándola a ella sola en la entrada. Para cuando el automóvil ya no se veía en el horizonte, Sasha continuaba allí, todavía en shock.

¿Que no te podía afectar nada ya? Mi malquerida Sasha, me veo en la obligación de darte la bienvenida a la realidad. Que tú pares el tiempo no significa que lo haga para los demás, porque después de tu gran número aquella noche con el Catalán, él también quiso alejarse, pero no para detenerse, sino para continuar. Y no sabes que en estos meses sólo vino dos veces a la ciudad para no encontrarse contigo. Porque aún le dueles y destruye tu pensamiento encerrado en su despacho de colores neutrales dibujando edificios que recuerdan a tu naturaleza. Edificios fríos, rectos, sin ornamentación. Así eres tú, una geometría despiadada que ha logrado sacudir sus sentimientos y deshacerse de ellos con sólo una frase. Y por dentro, apenas están amueblados, tan sólo con lo justo, porque no cree que necesites más que a ti misma para sobrevivir. Cree que no quieres a nadie más que a ti misma. Pero dime, malquerida, ¿cómo te ves tú?

La oscuridad ya cubre al pueblo. Sasha continúa allí, de pie, sufriendo la brisa. Tantos planes creados, tantas conversaciones imaginadas, tantos besos ensayados, que tendrá que aplazar el estreno de su nueva vida. La nueva Sasha sigue presente, sí, pero antes de enfrentarse a la ciudad debe hacerlo con el Catalán. No es sólo una decisión, es una determinación firme.

La brisa se levanta haciéndose viento. Sasha corre a meterse en casa pero el viento continúa su camino, llevando el mensaje por las corrientes. Atravesando soles y lunas, esquivando altos edificios y bajando volviéndose brisa, ahora caliente, rodea a un joven arquitecto que ha parado en un parque a observar un pintor dibujar una mujer. Siente aquel bochorno repentino y su mente viaja a la ciudad y a unas curvas femeninas que quiere olvidar.

Mi pequeña criatura, ¿cuántos kilometros más crees que serías capaz de separar a tu destino?