Ha llegado esta noche justo a tiempo, vencida por el cansancio y arrastrando los pies. Colgó su rebeca y dejó el bolso sobre la mesa del recibidor. Apagó su teléfono móvil, se descalzó. Recogió su cabello en una cola, se miró en el espejo y sonrió. En la cocina cogió una botella de vino ya abierta y una copa. Se sentó en el sofá de su pequeño salón, descorchó la botella y se sirvió. Un sorbo bastó para volver atrás, a aquellas noches en lo que lo bonito era
complicado, y te quemaba un simple
abrazo. Suspiró, dejó la copa sobre la mesa y encendió el televisor.
-... procederá a leernos una pequeña muestra del poemario
Cama que, les recuerdo, saldrá a la venta el próximo viernes.
Dime por qué me distraen tus ojos grises
y me angustian tus ausencias.
Qué ha hecho julio conmigo cuando tú
decidiste humedecer mis labios,
agua caliente.
Ahora agosto me obliga a olvidarte
sacudiéndote de mis ropas.
Has dormido en estas sábanas
dejando tu perfume en ellas
y me van quemando la piel
con caricias que fueron tuyas.
Dicen que no tengo duelo, llorona
porque no me ven llorar, cantan,
pero me duele tu silencio y el recuerdo de tu boca.
En algún lugar duerme nuestra cama
recordando por nosotros el baile que nos marcábamos
bajo el manto oscuro de las noches fortuitas.
Consumíamos las horas explorando
senderos que dibujaban nuestros cuerpos
siempre buscando nuevos versos que escribir
con tinta de nuestras lenguas deseosas.
Allí, entre baños y sudores
el tiempo pasó ante nosotras, espiando
palabras susurradas, bebiendo lo lamido.
Pasajero del momento, durmió la noche
entre nuestros abrazos, para huir con el día.
Y para no hacer mudanza en nuestra costumbre
olvidamos a la noche para dar bienvenida a la ausencia.
Pero tus ojos grises me entristecen, porque no puedo verlos.
Los meses pasan con las estaciones y, maldición,
el invierno ha llegado sin ti.
Cristina escucha cada verso con suma atención, dejándose acariciar por aquella voz dulce y susurrante. Su corazón late dolorosamente y aquella angustia nostálgica rompe la tranquilidad de su ceguera sentimental. Enclaustrada en su bunker de ciudades nuevas y gentes desconocidas, ella misma había encerrado su pequeño corazón a kilómetros bajo tierra y dibujó una sonrisa en su lugar. Los mensajes habían sido borrados y aquel nombre era impronunciable. La distancia lastimaba y la soledad la volvía vulnerable.
Inventó una nueva vida a fuerza de mentiras y engaños, donde no había lugar para debilidades ni banalidades. Cristina era una asesina de sentimientos y ninguno de sus crímenes pesaba en su conciencia. Dibujó un nuevo destino con una copa de vino en la mano la noche que él la llamó y pronunció aquellas palabras. Una a una la habían enterrado, más y más profundo.
-No puedo seguir con esto.
-Yo tampoco.
-Te extraño.
-Y yo.
-¿Me perdonarás si te digo que...?
-Sabes que no.
-¿... sigamos con nuestros respetivos caminos?
-Lo has dicho.
-Tenía que hacerlo.
-Adiós.