4 de noviembre de 2008

La contradicción del deseo

Llegas a casa, con tu maletín, tu mejor vestido. Te miras en el reflejo del retrovisor y te arreglas el pelo. Caminas hacia la puerta. Respiras y timbras. ¡Ding-dong! Esperas. Sientes ruido y, finalmente, se abre la puerta.

- ¡Sasha! - ahí está él, el Catalán, con sus ojos verdes puestos sobre ti. Te sientes intimidada pero, ¿cómo no estarlo? Te atrae demasiado, le deseas, te marea.

- Lo siento, he llegado un poco tarde porque la reunión se alargó más de lo previsto.

- No, no te preocupes - te invita a pasar con un gesto. Sonríes, nerviosa, mientras el olor familiar te envuelve -. Espera que lo ordene un poco, estaba trabajando en el proyecto y, bueno, ya sabes, los artistas no cuidamos mucho el aspecto de la casa.

Lo cierto es que está más ordenado que mi casa, piensas. Pero no dices nada, te quedas observándole cómo recoge los papeles y los útiles de dibujo. Se te hace tan hermosa la escena.

- Ya está, ya puedes sentarte. ¿Quieres tomar algo? - te sonríe y comienzas a pensar que tal vez... pero no, no es posible.

- No, gracias.

Te sientas y él a tu lado. Su perfume, el roce inocente de su cuerpo, te divierte, te seduce. Le presentas los papeles y comienzas a explicarle el motivo de tu visita, puro trámite. Lo observas de reojo, temiendo descubrir tus sentimientos hacia él, ser vulnerable. Pero ves su boca, seductora, provocadora y te imaginas acariciándola, presionándola con tus labios, besándola, abriendote paso a través de ella.

- Sasha, ¿te encuentras bien? - despiertas de tus pensamientos. Ahí están sus ojos verdes, ¿preocupados? No, no es cierto. Después de todo, para él no eres más que la ayudante de Fernando.

- Lo siento, estaba pensando en otra cosa.

Te das cuenta que tiene su mano apoyada sobre tu pierna. Miras la mano y lo miras a él. Aumenta el ritmo de tu respiración. Y vuleves a pensarlo, tal vez sí. Posas tu mano sobre la suya sin dejar de mirarle. No sabes qué ocurre ya, has perdido el control de nuevo, siempre con él. No intentas justificarte, no hay tiempo para ello. Te acercas a él. Su boca, tan cerca, tan tentadora. Te muerdes el labio inferior, seductora, segura de tus actos.

- ¿Recuerdas lo que te dije en la fiesta? - susurras al oído, mientras acaricias su pelo oscuro.

- Sí...- apenas en un hilo de voz. Se acerca más a ti. Sientes su aliento acariciarte. Sabes que él también ha perdido el control. Presionas tus labios contra los suyos, levemente, mientras guías su mano por tu cuerpo, mostrándole el camino para hacerte suya. Él se abre paso en tu boca, apurando el deseo cada vez más. Se libera de tu mano para explorar libremente. Tomas su cabeza entre tus manos y la llevas hacia ti, haciendo que él se sitúe sobre ti. Te conviertes en su dueña y esclava mientras desbotonas su camisa blanca y te desprendes de ella. Te quita el vestido al tiempo que va explorando nuevas partes de tu cuerpo. Tu pecho al descubierto es besado, acariciado. Sientes como con cada gesto, con cada movimiento se te erizan los pelos, la respiración va en aumento, el calor llega a hacerse insoportable. Tu cuerpo comienza a acompasarse con el suyo, tan fuerte, tan viril. Acaricias los surcos de sus abdominales y alabas sus fuertes brazos a besos. Te agarras a su espalda para continuar el vaivén. Gimes porque ya no caben las palabras.

Te marea el deseo, su olor, su tacto, la suavidad de su piel, el vigor de su cuerpo. Sonríes porque al fin es tuyo todo él. Aumenta el ritmo y lo sientes, dentro de ti, todo aquello que has querido. Lo ves tan cerca. Gimes. Gritas. Tan cerca. Tan cerca. Te rompes de deseo por dentro y, finalmente, explotas. Y está ahí, dentro de ti, expandiéndose por tu cuerpo ese temblor tan placentero, tan necesitado. Cierras los ojos para alargar ese momento, apreciando su sabor en su piel.

- Sasha... - susurra, casi inaudible.

Aún yace sobre ti. Disfrutas de su respiración cansada, de los retales de un amor ocasional. Te recreas acariciando su espalda, sus hombros, sus brazos, sus manos.

Se levanta con parsimonia y se viste el pantalón negro. Te observa desnuda, recostada sobre su sofá. Sus ojos verdes vuelven a seducirte. Te levantas, te acercas a él y vuelves a besarlo. Lo invitas de nuevo a disfrutarte, a redescubrirte, más lento, sin prisa por ahogar los deseos. Te guía, beándote, acariciándote, hasta su habitación. Te lleva hasta su cama y la deshacéis, os enredáis entre sus sábanas negras, alargando el momento. Y vuelves a encontrarte cerca y no puedes evitarlo, necesitas liberarte. Clavas tus uñas en su espalda. De nuevo sientes cómo se expande el temblor, ese sudor frío que te eriza el pelo. Lo necesitaste. De nuevo has sido suya.

Lo observas dormido. Acaricias sus párpados, sus mejillas, sus labios. Abre los ojos y te sonríe. Se hace cómplice de tu felicidad. Te acerca a él abrazándote. Agarras su mano y entrelazas tus dedos entre los suyos. Y sonríes. No puedes dejar de sonreír. Te concentras por no olvidar ese momento.

Suena tu teléfono. Te levantas en contra de tus deseos de permanecer más tiempo en su cama, abrazada a él. Vas al salón y buscas tu móvil. Miras la pantalla del teléfono, frunces el ceño.

- ¿Sí?... Está bien, voy para allá ahora... Hasta luego.

- ¿Tienes que irte? - levantas la mirada sorprendida. No lo sentiste venir. Y lo ves ahí, apoyado contra la columna, con los brazos cruzados y el pantalón negro vestido, poniendo cara de corderito degollado.

- Sï. Es Fernando, ya sabes. Tengo que volver a la oficina. Si pudieras firmar... - y te callas. Odias sacar el tema pero, lo cierto es que has venido por trabajo. Y él está ahí seduciéndote, rogando para que te quedes.

Se inclina sobre la mesa para firmar los papeles mientras te vistes.

- Gracias - le das un beso en la mejilla y guardas los papeles -. Ya nos veremos.

- Espera - te detiene - ¿Así te despides?

Te besa. Dulce. Lento. Encantador. Sabroso. Sales de la casa feliz, sonriente, divertida.

¿Lo ves, Sasha? Al final lo conseguiste. Nunca debes rendirte.

- ¿Es aquí dónde me dices "te lo dije"?

No, aquí es donde digo que puedes seducir al tiempo que eres seducida. Que siempre lo has tenido en tu poder. Porque sabes, tan bien como yo, que él es...

- Él es el texto que se ha quedado sin escribir, la lágrima que no ha caído, la palabra que no se ha dicho. Él es el Catalán, el que dormirá a mi lado cada día, cada noche, hechizado por mi amor, por ti...

Por mí.

- Sí, por nosotras.

Porque es la esperanza de creer que los principes azules existen. Aunque tenga los ojos verdes. No importa cuántas veces nos rompan el corazón. Siempre habrá alguien que nos rescate y haga que nos ilusionemos y olvidemos que los cuentos con final feliz no existen. Nos dejamos seducir por el espejismo del amor, de un amor que nunca ha existido como tal.

- Pero, quiero creer que él es diferente. Él nos salvará, nos hará princesas de un cuento real, yo lo sé.

No importa lo que quieras creer. Él nunca será quien queremos que sea.

- Por favor, deja de escupir mentiras.

Y subes al coche, intentando no caer en la desilusión, sorteando las evidencias. Intentas convencerte que ha sido algo más que un amor ocasional pero, en el fondo, sabes que la próxima vez que lo veas hará como si nada hubiera sucedido, descubriendo su verdadera personalidad.

Tan sólo quieres creer que no será así. Que no has caído de nuevo en su trampa.