16 de octubre de 2008

Sasha

-Y tú eres…

-Soy la solución a tus problemas.

Buscas en su mirada algo que te diga que tienes razón, confías en eso. Pero, en cambio, encuentras una luz distinta, la luz de lo desconcertante, de la incomodidad.

-Es broma, soy Sasha.

Y sonríes para dar fe de que ha sido una broma, para romper el frío, la tensión que ha adquirido la presentación. Nada te convence ahora para que todo vuelva a ser normal, la situación se ha vuelta incómodo para todos los presentes por ese arrebato de osadía erótica. Una invitación a celebrar el fin de fiesta cuando tan sólo comenzaba.

-Lo siento, creí que los catalanes teníais sentido del humor.

-Y lo tenemos, sólo que me tomó un poco desprevenido.

-¿Un poco? Yo diría que totalmente desprevenido. Y vuelves a sonreír.

-Sasha, tienes que admitir que fue un poco demasiado

Ya está el viejo metiendo baza, intentando dejarte como una idiota, la niña mala de la película.

-Discúlpame entonces, Fernando, por intentar romper el hielo.

Le miras con odio, porque ya no sabes mirarlo de otra forma. Y sonríes al catalán porque no sabes hacer otra cosa. Sólo puedes sonreírle porque desde que le viste cruzar el umbral te ha fascinado con su mirada tímida y su sonrisa encantadora. Te ha arrebatado el corazón con su voz profunda y dulce. Y te ha seducido con su aspecto frágil pero seguro de sí mismo.

-Está bien, Fernando, tampoco ha sido para tanto. Después de todo, ha sido un momento divertido.

-¿Ves, Fernando? No todo el mundo tiene necesidad de dejar en ridículo a los demás.

-Sasha, no empieces…

-Tienes razón, no empezaré porque termino aquí. Me voy de esta estúpida fiesta, porque nada más tengo que hacer.

Y entonces te das media vuelta y te vas. No esperas que nadie te pare, que nadie te pida que te quedes, ni siquiera el catalán. Porque no vale la pena arriesgarse a dar pie a una historia con alguien que se ha comportado así, ¿verdad, Sasha?

-Sí, tienes razón. No sé qué me ha ocurrido. Como si no conociera a Fernando, siempre tendrá que hacerme quedar mal ante los demás. ¿Es que no lo entiende? Tengo derecho a vivir mi vida con quien yo quiera. No buscaba nada más que una noche de desahogo amoroso. Unas copas y al hotel. Simple, fácil, sin compromiso posterior si el catalán no quisiera. Y ahora…mírame. Sentada en el asiento posterior de un taxi, camino a casa…y sola. Como ayer, antes de ayer, hace un mes. Como siempre.

Sí, como siempre. Porque eso es lo que nos queda a quienes creímos en el amor. A quienes nos hemos dejado seducir por la idea de un amor único, irrepetible, sencillamente ingenuo y estúpido. Ahora vagamos por el mundo intentando subsistir con resto de amor, con retales deshilachados del cariño reciclado. La seducción adquiere su sentido más malvado para convertirnos en el cebo perfecto de la soledad. Dejamos atrás los principios más nobles sobre el amor para dar paso al juego sucio y a los sentimientos más frívolos que jamás creímos poseer en nuestra inocencia. Somos las víctimas de un cuento de papel.