16 de octubre de 2008

Greta

Cuando lo vio por primera vez, apenas le dio importancia. La segunda vez ni se acercó. Tampoco la tercera. Tras un tiempo prudencial, volvió a verlo una cuarta vez y, de pronto, sucedió.

Distintos ojos, distintas miradas. Todo había mudado en beneficio de él. Lo que antes no veía, la deslumbraba ahora. Su fascinación aumentó con el paso del tiempo. Anhelaba sus besos, sus abrazos, sus caricias, su voz susurrante en la noche. El golpe del viento en su cuerpo, la brisa del relajo de la pasión encendida. Soñaba con su silueta dibujada en la pared de una habitación, con el viaje en busca de su agua para calmar su sed, con la noche de los encuentros fortuitos.

Esta noche se vistió tan guapa como pudo, maquilló su rostro para ocultar sus defectos a luz de las farolas. Esperó al siguiente encuentro, ansiosa por volver a aspirar su olor embriagador al saludarle con los dos besos que marcan el protocolo. Se muere por escuchar su risa, sonreírle y pensar que aquello va a funcionar, que sus temores dejarán de habitar en ella para dar lugar a sueños más cerca de la realidad.

La luz nocturna se va apagando y el encuentro no se produce. Vuelve a casa con la sensación de perder una batalla en la que siquiera ha participado. Cierra los ojos y empieza a imaginar lo que podría haber sucedido pero todo queda en eso. Una simple imaginación, un sueño, una ilusión, un castillo en el aire, nada.

Y vuelve a escuchar en su cabeza esa frase ensayada:

La inocencia de tus abrazos son el beneficio de mis besos