La noche se presentaba calmada. La luna apenas estaba presente en esa noche sin estrellas. Vestida de forma informal, con unos vaqueros y un jersey de lana, se fue de casa con la idea presente en su mente. Esperó en el lugar de siempre a que el señor M llegase. Pasó el tiempo mirando a su reloj de cuando en cuando y con una cerveza en la mano. Había pasado la medianoche y él seguía sin venir.
- Oye, nos vamos al Matahari, ¿te vienes?
- No me quedo. Pasadlo bien.
Se queda sola en la plaza. Renueva su bebida con otra botella de cerveza. Y continúa esperando. La paciencia se acaba. Se muerde el labio inferior desesperada. Su corazón se queda pequeño, invadido por el dolor que le causa la ausencia, la indiferencia del señor M.
- ¿Siempre estás sola?
Levanta la mirada y observa a Uriel.
- No, tan sólo hoy. Esperaba a un amigo pero veo que no va a venir.
- ¿Habías quedado con él?
- No, exactamente.
- Entonces me quedo contigo a hacerte compañía.
La noche sigue transcurriendo, renovando bebida hasta el amanecer. Mira a los ojos de su nuevo acompañante y se da cuenta de que empieza a temblar su cuerpo.
- No parece que vaya a venir el señor M.
- Realmente no importa, mejor así.
- Pero, ¿no decías que...?
- Prefiero que no ocurra nada. Me quedo contigo.
El día ha llegado. Vuelve a su casa con una sonrisa dibujada en su rostro. Ha visto cómo de nuevo su corazón se ha encendido, reviviendo su latir.
Querida Lilith:
Esta noche me he enamorado.
Esta noche me he enamorado.