11 de abril de 2010

El ajedrecista

No eres un espejismo, una estúpida ilusión, no. Eres tú quién me visita cada noche para conversar. Eres tú quien busca mi mirada a cada momento, sonriéndome después. Y quiero pensar que esto se alargará hasta nunca terminar porque es así como mejor me encuentro, en tus brazos, meciéndome tus susurros, palabras bonitas que adornan mi acento.

Querría gritar al mundo que al fin he encontrado a alguien que me acepta, con mis virtudes y mis defectos, que comprende mi actitud ante la vida. Que ya no sé cómo pude haber vivido hasta ahora sin ti.

Cada vez que te siento rondar cerca me pregunto cuál será tu próximo movimiento, porque lo nuestro es un pequeño juego de ajedrez. Y perdona si soy yo la Reina. En cada movimiento tuyo me amenazas con un jaque mate amoroso inesperado. Tienes la capacidad de hacer palpitar mi pequeño órgano vital al ritmo del tambor, ¿lo oyes?

En esta empresa la clave está en el juego de ser uno, de confundirnos, de llegar a desconocer el principio y el fin. Eres mi complemento, mi vitamina C, mi constructor de sonrisas. ¿Y el brillo de mis ojos al verte? Un efecto secundario de tus caricias cargadas de química.

Hoy me he propuesto formular tus besos en una madrugada que estará marcada por la lluvia de abril. Calzaré mis tacones y peinaré mis ideas para acorralarte en nuestro encuentro y fumar tus palabras con un poco de agua. Hoy, mi amado ajedrecista, comerás a tu Reina en este jaque mate suicida.