29 de diciembre de 2008

Arroró (nana del pasado)

El tiempo parece pasar más lento en tiempo de fiestas. La Navidad pilla a Sirle sentada en su sillón, con una taza de té entre las manos, arropada con una manta de cuadros grises y rojos y en pijama. El teléfono móvil, en la mesa, no deja de vibrar, con ciento y un mensajes de texto de felicitación. La televisión está apagada, el portátil está arrinconado en el sofá de segunda mano. Ya son las doce y media de la noche y aún no ha cenado.

Tararea una nana y se agarra a su barriga.


Arroró, roró meu neno
Arroró, roró meu sol
No teu mar cantan sereas
No teu ceo o rei é o sol

Arroró, cariña de ouro
Arroró, ea, ea o
Arroró, á túa beira
Arroró, ea, ea o

Ya no importa el pasado, no debería importarle. Pero no podía evitar pensar en lo que había perdido. La habían abandonado después de consagrar su vida a quien había querido con toda su alma. Y ahi, dentro de ella, había vivido una vez el fruto de ese amor. Lo echaba de menos. Era lo único que había hecho sentirla satisfecha consigo misma.

Un hijo. Un bebé. Para ella no era tan sólo un ser humano más, era una parte de su ser, un trocito de su alma, su energía, su amor. Tan chiquito, tan tierno, tan dulce. Tan suyo. Verlo crecer, sonreír, hablar, andar, llorar... Habría sido tan feliz. Pero ni siquiera eso pudo tener.

Se había quedado sin nada a las pocas semanas. Vacía. Totalmente vacía.

Se levantó del sillón cerca de la una y fue a la cocina a prepararse algo de cenar. Su estómago ya rugía hambriento.


No importaba el pasado, pero pesaba y seguía doliendo.